Sin duda, Santiago ha cambiado. La ciudad no ha podido hacerle el quite a los miles de cambios que se han suscitado durante los últimos años. Esto lo comprueba los magníficos resultados que tiene la gran imaginación del hombre, que evidentemente se ha encargado de transformar la capital en un lugar más grato para vivir, pero también en un espacio en que todo se ha acelerado un poco.
Las cosas que han sabido sobrevivir a la mano del hombre son miles, las cuales a veces no sabemos apreciar y se esconden bajo la agitada vida del santiaguino. El cielo azul es el mismo, aunque sólo los días lluviosos permitan observarlo; los árboles y flores brillan por doquier, aunque haya quienes las miren con desprecio; los niños siguen jugando en las plazas, pero ahora con mayor cuidado que antes; y los barrios mantienen su cálido y acogedor aroma, aunque haya algunos que se empecinen en distorsionarlos.
Simplemente hay que saber mirar más allá. Detrás de ese acelerado modo de vida que llevamos y las angustiantes situaciones que muchas veces vivimos como país, hay cosas que podemos destacar. Eso es que somos un país rico en espacios de diversión y esparcimiento, lugares admirados por todo el mundo.
¿Alguna vez, has visitado el centro de santiago al anochecer?, ¿se han dado el tiempo de mirar la ciudad desde lo alto del cerro Santa Lucía?, ¿conocen las praderas que tenemos cerca de la cordillera?¿han caminado por los parques de la ciudad?
Hay miles de cosas que se pueden hacer e inventar para realizar, sólo basta un poco de ánimo.
Más allá de eso, hay que aprender a mirar con otros ojos lo que pasa delante de nosotros cada vez que salimos de nuestras casas y mejor aún cuando regresamos a ellas. Se transforma en una verdadera aventura retornar al hogar, expectantes, llenos de energías por ver a nuestras familias y en especial, a nuestra cama.
Esto emana de todas las caras con las que te topas en las calles cuando la luz del sol decae, el brillo de los colores va desapareciendo y la noche hace su entrada triunfal. Aunque los ruidos alteren de alguna manera la tranquilidad del retorno, sin duda alguna, el paisaje es alentador, más aún ahora que comienza la primavera.
Los árboles parecieran que te sonríen al moverse con una pequeña brisa y el tenue calor del sol, llena el cuerpo de energía y hace más ameno el viajar. La gente camina como hormigas por santiago, se cruzan y entrecruzan. Buscan llegar de la forma más rápida a su destino y pese a esa apuro, sigue presente ese hermoso entorno primaveral que no permite opacar cada uno de nuestros pensamientos ni actos.
Es especial y extraño a la vez, saber que todos somos distintos. Somos únicos, no hay nadie que se nos parezca ni en el más mínimo detalle. Pueden pasar millones de personas frente a ti y nunca te encontrarás con la misma dos veces o quizás tres.
Las cosas que han sabido sobrevivir a la mano del hombre son miles, las cuales a veces no sabemos apreciar y se esconden bajo la agitada vida del santiaguino. El cielo azul es el mismo, aunque sólo los días lluviosos permitan observarlo; los árboles y flores brillan por doquier, aunque haya quienes las miren con desprecio; los niños siguen jugando en las plazas, pero ahora con mayor cuidado que antes; y los barrios mantienen su cálido y acogedor aroma, aunque haya algunos que se empecinen en distorsionarlos.
Simplemente hay que saber mirar más allá. Detrás de ese acelerado modo de vida que llevamos y las angustiantes situaciones que muchas veces vivimos como país, hay cosas que podemos destacar. Eso es que somos un país rico en espacios de diversión y esparcimiento, lugares admirados por todo el mundo.
¿Alguna vez, has visitado el centro de santiago al anochecer?, ¿se han dado el tiempo de mirar la ciudad desde lo alto del cerro Santa Lucía?, ¿conocen las praderas que tenemos cerca de la cordillera?¿han caminado por los parques de la ciudad?
Hay miles de cosas que se pueden hacer e inventar para realizar, sólo basta un poco de ánimo.
Más allá de eso, hay que aprender a mirar con otros ojos lo que pasa delante de nosotros cada vez que salimos de nuestras casas y mejor aún cuando regresamos a ellas. Se transforma en una verdadera aventura retornar al hogar, expectantes, llenos de energías por ver a nuestras familias y en especial, a nuestra cama.
Esto emana de todas las caras con las que te topas en las calles cuando la luz del sol decae, el brillo de los colores va desapareciendo y la noche hace su entrada triunfal. Aunque los ruidos alteren de alguna manera la tranquilidad del retorno, sin duda alguna, el paisaje es alentador, más aún ahora que comienza la primavera.
Los árboles parecieran que te sonríen al moverse con una pequeña brisa y el tenue calor del sol, llena el cuerpo de energía y hace más ameno el viajar. La gente camina como hormigas por santiago, se cruzan y entrecruzan. Buscan llegar de la forma más rápida a su destino y pese a esa apuro, sigue presente ese hermoso entorno primaveral que no permite opacar cada uno de nuestros pensamientos ni actos.
Es especial y extraño a la vez, saber que todos somos distintos. Somos únicos, no hay nadie que se nos parezca ni en el más mínimo detalle. Pueden pasar millones de personas frente a ti y nunca te encontrarás con la misma dos veces o quizás tres.

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